IWC19-01
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Tempus fugit, carpe diem

Tempus fugit, carpe diem

Escribe: Javier López

(descargar el post y fotos haciendo click aquí)

Amigo Carlos: La tipología que te voy a presentar hoy es de esas que podríamos llamar  “baúles de doble fondo”.                                                                      

De las que tienen una lectura doble. 

¿Te acuerdas que hace tiempo le dedicamos  un artículo a las lecturas denotativas- las que muestran las cosas como son- y a las connotativas, que nos remiten a lo que no se ve pero se imagina por asociación?   

En aquella ocasión, elegí para ilustrarlo, las fotografías otoñales, que muestran el paisaje, mas no la melancolía, pero esta vez voy a usar los relojes, quizá porque representan de  manera relevante esta dualidad interpretativa.

Por un lado, nos muestran lo que son, bellas máquinas, que fotografiamos con placer y por otro, nos sugieren su parte connotativa, ese paso inexorable del tiempo, que las máquinas miden, y sabemos que está implícito en cada imagen, aunque no lo podamos fotografiar.

En el mundo hay infinidad de relojes, desde los de arena a ese famoso que se ha comprado Nadal.

De mesa, despertadores, de cocina, de pared…

Pero hoy quiero centrarme en dos tipos, por los que siento especial debilidad, los relojes de sol y los de torre.

En todos mis viajes los tengo presentes y es raro que a la vuelta no incrementen mi colección.

Dicen que fueron los sumerios y babilonios, los que comenzaron a medir el tiempo.

Como aquellas gentes usaban un sistema duodecimal, dividieron el día en doce espacios y lo mismo hicieron con la noche , asociando las horas a la aparición de doce estrellas determinadas.

A nosotros, que hemos nacido con la convención del sistema decimal, de base diez, nos puede parecer extraño, pero a ellos les parecía natural.  

Al fin y al cabo la luna aparecía y desaparecía doce veces al año y en su sistema de contar con la mano abierta, utilizaban el pulgar y las tres falanges de los cuatro dedos restantes, algo tan rápido y tan intuitivo como contar con los diez dedos, lo que hacen nuestros niños. Todavía compramos los huevos por docenas.

El caso es que ya en el 1.700 antes de Cristo, nuestros amigos los egipcios ya tenían el día dividido en 24 horas y los relojes para medirlo.

Por el día, cuando había sol, utilizaban la sombra de los grandes obeliscos, y por la noche, cuando todo eran sombras, usaban las clepsidras, los relojes de agua, unos recipientes con agujero por los cuales el agua se iba perdiendo de manera regular.

Los recipientes estaban divididos con marcas que señalaban el nivel a cada hora.

El mundo antiguo fue perfeccionando los relojes de sol mediante la ciencia de la gnomónica, la correcta colocación del “gnomon”, la varilla cuya sombra señaliza la hora.

Aunque hoy, que todo el mundo tiene reloj, hayan perdido su servicio a la comunidad, se siguen conservando, por la añoranza que despiertan  y por su innegable valor ornamental.

Yo, muchas veces me sorprendo comprobando si la sombra y la hora que marca, coincide con la que señala mi reloj de pulsera. Y creo que en el fondo me alegra constatar su razonable precisión.

Los otros relojes que llaman mi atención son los de torre. Parece que desde esa altura, con su autoridad, dominan los pueblos y marcan su cotidiano devenir. 

En algunos lugares, aunque la esfera esté marcada en números romanos, se sustituye el IV por un IIII. Todavía no conozco el porqué y si alguno de los amigos del blog lo sabe, le agradecería que nos ilustrara al resto. Incluso alguna esfera doble, presenta las dos formas.

Como en todos los órdenes de la vida, nos encontramos con las clases. Hay esferas cultas, distinguidas y elegantes y las hay rústicas, modestas y de circunstancias.

Al final todos cumplen con su propósito de medir el paso del tiempo.

No creas, amigo Carlos, que es tan fácil definir el tiempo. Le llaman la cuarta dimensión.

Para localizar un objeto en movimiento necesitamos saber las tres dimensiones, largo, ancho y alto y además el tiempo, porque un instante después ya no está allí.

Sabemos que se creo al mismo tiempo que el espacio y que está íntimamente relacionado con él. Los físicos se refieren siempre al par como espacio-tiempo.

De lo que estamos todos seguros es de que el tiempo es unidireccional. Solo camina hacia delante. Va del pasado, al presente y al futuro. Nunca corre en dirección contraria.

También nos dicen los físicos que no es una constante. Que el tiempo discurre de manera diferente dependiendo de la velocidad. En los cuerpos que se desplazan a velocidades cercanas a la luz, el tiempo transcurre más lento. Bueno, esto nosotros siempre lo hemos sabido, el baile con la fea, siempre duraba más.

El reloj, a la postre, lo único que hace es medir su inexorable discurrir. Y ahí comienza su lectura connotativa.

No es difícil discernir que a cada vuelta de las agujas, se va acercando la partida para el viaje más largo de los emprendidos por el hombre.

Los poetas han sabido reflejar como nadie esta certidumbre.

Quevedo lo borda en muchos de sus sonetos :

                               Ya no es ayer y mañana no ha llegado

                               hoy pasa, y es, y fue, con movimiento

                               que a la muerte me lleva despeñado

                               Azadas son la hora y el momento

                               que, a jornal de mi pena y mi cuidado

                               cavan en mi vivir mi monumento.

                                                           

Es curioso porque todo el mundo recuerda del genial D. Francisco, su poesía escatológica o sus numerosos escritos satíricos y mordaces, pero se olvidan de esta dimensión metafísica, de la llegada inmisericorde la parca, verdadera obsesión del poeta.

En una carta a D. Manuel Serrano del Castillo, dice: Vivimos tiempo que ni se detiene, ni tropieza, ni vuelve. . Mi infancia murió irrevocablemente; murió mi niñez, murió mi juventud, murió mi mocedad; ya también falleció mi edad varonil. Pues ¿cómo llamo vida a una vejez que es sepulcro, donde yo propio soy entierro de cinco difuntos que he vivido? 

 El Barroco, época de pesimismo, bancarrota y desengaño, fue buen caldo de cultivo para estas oscuras reflexiones. Muchos poetas vivieron igual sentimiento. Lo vemos también en Calderón:                                                           

                                      A florecer las rosas madrugaron

                                     y para envejecerse florecieron

                                cuna y sepulcro en un botón hallaron.

                                Tales los hombres sus fortunas vieron

                                 en un día nacieron y expiaron

                                 que pasados los siglos, horas fueron.

Vivimos tiempo, que ni se detiene ni tropieza ni vuelve.

No quisiera despedirme, Carlos, sin hacer una referencia a la patria de los relojes: La Selva

Negra, en Alemania. Allí se puede disfrutar del museo de los relojes en Furtwangen con una muestra excepcional de los modelos más variopintos a lo largo de la historia, o visitar

Triberg, la “Meca” de los relojes de cuco.

Hay mil modelos donde elegir.

Personalmente me encanta el más grande de todos, (aunque el cuco se parezca mucho a Macario, el cuervo de Moreno) que está en Schonach, un pueblecito justo al lado.

Es una casa completa, con la maquinaria dentro.

Bueno amigo, te dejo que se me hace tarde.

De los relojes he aprendido, que debido al Tempus fugit, hay que practicar el Carpe Diem.

Recibe como siempre mis mejores saludos

Javier

  

Acerca del autor

Especialista en modelos de distribución de seguros, fusiones y adquisiciones, socializador del conocimiento, Comunicador y conferenciante.Ex Consejero – Director General de AXA AURORA VIDA, Ex DG de AURORA, Ex Consejero de sociedades participadas del BBVA. Asesor de entidades aseguradoras en varios países europeos y de Corredurías internacionales.Licenciado en Derecho por la Universidad de Deusto, Curso de Post grado en Dirección de empresas de UC Deusto.

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8 comentarios

  1. Pingback: EL TIEMPO HUYE Y NO VUELVE: aprovéchalo! « hibridación

  2. Javier

    Gracias Emma. Si te das cuenta, la fotografía, es una manera de “detener” el tiempo. Si fotografiamos una bella rosa en su esplendor, es cierto que el tiempo seguirá corriendo y la rosa perderá sus pétalos aterciopelados, pero su belleza quedará capturada en esa imagen para siempre, (siempre que quede alguien para verla).

  3. Javier

    Gracias Guillermo. Veo que has tratado con benevolencia mi incursión en tu campo: La física.
    Prometo no aventurarme con divulgaciones científicas que puedan herir suceptibilidades.
    Por otra parte os agradezco mucho a ti y a Jose Antonio las razonables interpretaciones del IIII romano. Esta aportación nos enriquece a todos y además abunda en el elemento participativo y lúdico de esta sección de fotografía.

  4. Javier

    Gracias José Antonio:
    Me alegra saber que te ha gustado mi artículo.
    Y nucho más el hecho de que compartamos admiración por Quevedo.

  5. Guillermo

    Me gusta y comparto tu teoría de la relatividad…creo que Albert pensaba algo semejante.

    Del IIII he encontrado todo esto:
    Los relojes que utilizan los números romanos utilizan convencionalmente el IIII para las cuatro y IX para las nueve. Existen varias explicaciones para este hecho, alguna de las cuales puede ser verdad:

    El IIII crea una cierta simetría visual con el VIII, que no se daría si es utilizase IV.
    Los romanos prefirieron escribir “cuatro” como IIII evitando la sustracción.
    IV remite a IVPITER, el principal dios romano, y escribirlo causaba respeto.
    El símbolo IV es difícil de leer boca abajo o en ángulo, en especial en ese lugar del reloj.
    Luis XIV, rey de Francia, prefería IIII en vez de IV, y ordenó a sus relojeros a hacerlo así, y esa costumbre ha permanecido.

    En fin, usted elige la respuesta que considere correcta. Pueden no se excluyentes. En próximos artículos os presentaré otras rarezas en la escritura de los números romanos.

  6. Guillermo

    Me gusta sobremanera la interpretación de la relatividad…la comparto y creo que Einstein estaría pensando en lo mismo.
    En cuanto al cuatro he encontrado esto:
    Los relojes que utilizan los números romanos utilizan convencionalmente el IIII para las cuatro y IX para las nueve. Existen varias explicaciones para este hecho, alguna de las cuales puede ser verdad:

    El IIII crea una cierta simetría visual con el VIII, que no se daría si es utilizase IV.
    Los romanos prefirieron escribir “cuatro” como IIII evitando la sustracción.
    IV remite a IVPITER, el principal dios romano, y escribirlo causaba respeto.
    El símbolo IV es difícil de leer boca abajo o en ángulo, en especial en ese lugar del reloj.
    Luis XIV, rey de Francia, prefería IIII en vez de IV, y ordenó a sus relojeros a hacerlo así, y esa costumbre ha permanecido.

    En fin, usted elige la respuesta que considere correcta. Pueden no se excluyentes. En próximos artículos os presentaré otras rarezas en la escritura de los números romanos.

  7. jose antonio p.r.

    festina lente.
    El articulo, maravilloso, las fotos no admiten mas que elogios y admiración (para cuando una exposicion?), no puedo mas que felicitarte. El poema sobre Quevedo me ha encantado y por aportar algo, decirte que los romanos no tenian claro el concepto de resta y al principio sus numeros eran: I, II, III, IIII, V, VI, VII, VIII, VIIII, X. Con el tiempo lo fueron cambiando, pero siguieron usandolos en esculturas, monumentos, lapidas…..
    Un placer leerte y te dejo unos ripios de mi admirado Quevedo.

    Tiempo, que todo lo mudas,
    tú, que con las horas breves
    lo que nos diste, nos quitas,
    lo que llevaste, nos vuelves:
    tú, que con los mismos pasos,
    que cielos y estrellas mueves,
    en la casa de la vida,
    pisas umbral de la muerte….

    Descuídate de las rosas,
    que en su parto se envejecen;
    y la fuerza de tus horas
    en obra mayor se muestre.
    Tiempo venerable y cano,
    pues tu edad no lo consiente,
    déjate de niñerías,
    y a grandes hechos atiende

  8. Emma

    Pues sin perder el tiempo voy a dejar mi comentario a tu nuevo artículo:
    En un segundo, el presente es pasado, casi sin sentirlo. Solo pensarlo da vértigo. Por suerte el paso del tiempo va dejando su huella en nosotros en forma de arrugas que conforman el mapa físico del paso del tiempo en nuestra aventura de la vida.

    las fotos, como siempre, preciosas.

    Hasta el próximo.Besos.

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